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Familia

Reseña "Almuerzo"

“Almuerzo” intenta aumentar, desde la grandilocuencia técnica de la fotografía digital, toda la cualidad ilusionista de la pintura, al punto de distorsionar la veracidad de la escena representada. En efecto, el gran formato, la saturación exacerbada del color por medio de su mancha, la muonstruosidad de los personajes, la caricaturización de sus gestos, el detalle de las (sus) carnes, los brillos; dejan, un tanto, el motivo para evidenciar el artilugio efectista de la imaginería actual, en su carácter grotesco y obsceno. En este sentido, la pintura actúa como un dispositivo para destacar la imagen tecnificada del espectáculo, en donde ella, podríamos pensar, se confunda con la hipervisualidad mediática de nuestros tiempos; pero es tanto la temática escogida – en relación a una cotidianeidad familiar latinoamericana – , como el propio anacronismo de este proceder, y es la que niega dicha posibilidad. Su desface temporal y su contenido guachaca, son su propia negación de un decir convertido en moda (y por ello en espectáculo), transformándose en un argumento contramediático que protesta ante la bestialidad actual de los media.

 

 Por Javier Rodríguez. Artista Visual, Docente  y Master en Producción Artística.

Reseña "El Brindis"

“La pintura tiene, frente a las otras artes, una relación específicamente ambigua con la inmortalidad. La luz que los pigmentos atrapan y disponen como una imagen eternizada se enfrenta a la fragilidad del material, un entuerto de composiciones químicas a merced del ambiente y de su violencia. La obra de Chávez Calderón se mueve a través de varios planos distintos que se extienden entre estos dos puntos límite de la pintura: la luz eternizante de la fotografía y el derrame salvaje de la materia. 

La foto familiar captura una vida que lleva patente la promesa de su desaparición, de su circularidad, de la destrucción mutua entre los cuerpos y su alrededor: la continuidad entre la carne que el cuerpo arrastra -con todas las marcas de su propio tiempo- y la carne que el cuerpo devora entre risa y festejo. La intención de la fotografía es perpetuar esta imagen de felicidad, insertándose como un gesto más dentro del ritual de celebración. Abundancia y reunión, reafirmación de una vitalidad común, lo comido y lo tomado elevándose a un futuro que probablemente lo olvide todo.

Pero ¿qué hace la luz ante la oscuridad secreta de toda materia? Los cuerpos fotografiados se rodean de una aureola automática, un misterioso resplandor cuya gloria puede permanecer perfectamente borrada para siempre. Porque la pintura es el chorreo negligente de un vaso de vino, la exposición a un sol que difumina en vez de acentuar los cotornos, el fluido espeso (entre la sangre y la carne) que dispersa las miradas en un plano gastado como mantel viejo. Por ello no es tan raro que quienes mejor sobrevivan sean objetos fútiles como el salero y las servilletas, alejados de cualquier protagonismo, escondidos ante la intensidad de seres que se consumen en su tembloroso brillo. Con ellos se limpiarán, tal vez, las manchas de este festín sin acontecimiento, de este banquete fantasmal que al mirarnos sólo nos congela en una invitación incontestable.”

Por Felipe Kong, Lic. En Filosofía, Master en Estétia y Teoría del Arte. U. De Chile.

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